De Corazón a corazón

¡Gracias, Santo Padre!
21-06-2026

Fotografía: conelpapa.es

Es imposible resumir en unas líneas lo mucho que los hechos, actitudes y palabras del Papa nos han dejado en su visita a España. Pero intentaremos recoger algunas claves de todo ello, como estamos haciendo en diversos programas de RM, para meditarlas en estos próximos meses y procurar irlas llevando a la práctica con la ayuda del Señor.

Quizás podríamos agruparlas en una gran circunferencia, desde cuyo centro van surgiendo diversos círculos concéntricos, como las ondas de un estanque al que han tirado una piedra. Pero más que de una piedra, hablemos de un Corazón, cuyos latidos hemos ido percibiendo en numerosos escenarios de esta visita papal. Me refiero al Corazón de Cristo, cuya solemnidad celebró el Papa en Canarias.

En su último acto público en España, la Santa Misa en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, señalaba el Santo Padre que «es una gracia encontrarnos en el día en que el Corazón de Jesús se deja contemplar por nosotros como el corazón de la historia». Y junto al océano Atlántico indicaba cómo «el mar evoca el infinito, y así lo hace también el cielo; pero infinito es sobre todo el deseo que une el corazón de Dios a tantos corazones humanos, cuyas alegrías y esperanzas, tristezas y angustias encuentran eco en el corazón de la Iglesia». Creo que ahí tenemos el centro del mensaje de León XIV: el anuncio del amor redentor de Jesucristo, el Logos hecho carne, que nos muestra en qué consiste ser hombre, el sentido de nuestra vida. Porque «el Corazón de Jesús nos revela cómo no perdernos en un dinamismo estéril: “Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9). Hay vida cuando se da vida. De otro modo, se gira en el vacío. En efecto, “como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y ‘no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo’; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido” (Magnifica humanitas, 48)».

Ese Corazón de Jesús Resucitado se ha quedado con nosotros, con una presencia muy especial en la Eucaristía, como celebramos especialmente en la Misa y procesión del Corpus Christi en Madrid, precedida por la Vigilia con los jóvenes. «Si en la Celebración eucarística Cristo se entrega como alimento, la procesión dice que Él no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre».

Por tanto, si nuestro corazón está sintonizado con los latidos del Corazón de Cristo y, «como san Manuel González, el obispo de los sagrarios abandonados» vivimos «la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día», aprenderemos que «no se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo».

Así pues, siguiendo el ejemplo de muchos otros compatriotas santos –como Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Tomás de Villanueva o Toribio de Mogrovejo–, estamos llamados a una profunda vida interior, pero no a un intimismo desencarnado, sino al diálogo y misión en la sociedad, pues «la fe –afirmó el Papa Benedicto XVI– es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza», como señaló León XIV en el Movistar Arena, y lo pudo comprobar el mundo entero en la bellísima ceremonia de bendición de la Torre de Jesucristo de la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. «Creado a su imagen, el hombre responde a la obra de Dios con su propio ingenio: así es como el artista convierte el talento en alabanza y la creatividad en testimonio del mismo Creador. Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor».

Nuevos círculos expansivos: del amor de Cristo Eucaristía al amor del hombre necesitado —pues «el Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados»—, y a la acción en la sociedad, creando cultura, arte, economía y deporte, como nos explicó el Papa en el Encuentro “Tejer redes”:

… se trata de una invitación a pensar si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano. ¿En serio es posible creer que la Europa –a la que tanto amamos–, sería ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? Sigue vivo el grito de mis Predecesores: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo.

De esta manera, León XIV insistía en una clave fundamental para comprender algo que les había pedido a los jóvenes en la Vigilia de la noche anterior, «que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso». Ya entonces les había dicho: «Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo». En el Movistar Arena añadió «que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad».

Por lo mismo, la visión cristiana del hombre afecta a la vida pública, como se manifestó en el primer discurso de un Papa en las Cortes Generales de España, donde recordó que:

… toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento. […] En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia.

Dignidad humana, bien común, importancia fundamental de la familia, libertad de educación, libertad religiosa, respuesta solidaria al drama de migración, contribución a la paz mundial, concordia y unidad en la diversidad…, fueron argumentos expuestos con «palabra serena y firme» ante las supremas autoridades del Estado.

En el ámbito eclesial ya habíamos sido testigos de la acción caritativa de la Iglesia diocesana en el Proyecto social “Cedia 24 horas”; comprobamos también la alegría de nuestros obispos escuchando las orientaciones del Sucesor de Pedro en la Conferencia Episcopal, y asistimos a “los goles” de la Archidiócesis de Madrid en el Santiago Bernabéu, en una celebración llena de alegría, y con la llamada que el Santo Padre nos hacía a la misión: «La bondad, aunque sea de unos pocos, puede vencer el miedo de muchos. Sed, para todos, como una Biblia abierta: que en vuestros rostros y en vuestra vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, efectivamente, es el lenguaje que hace que todos se sientan como en casa».

En Barcelona vivimos la invocación a la Virgen María –a la que ya había venerado el Papa en la Almudena– con el rezo del Santo Rosario en Montserrat; la reflexión ante el misterio del mal, con impresionantes testimonios juveniles en la Vigilia de oración del Estadio Olímpico y la respuesta a las inquietantes preguntas de un niño peruano en el Encuentro con las realidades caritativas de la Iglesia diocesana; y la esperanza comunicada en el Centro Penitenciario “Brians 1”, donde a todos se nos grabaron estas palabras:

¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar.

En la Sagrada Familia, al comentar las palabras de Jesús en el Evangelio de la Santa Misa, «Si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24), el Vicario de Cristo nos llamaba a la conversión:

Palabras fuertes, que no son en absoluto amenazas, ni un chantaje. Son una invitación a la salvación, es decir, un llamamiento a la libertad por parte de Cristo, que quiere para nosotros el bien definitivo, eterno. Ante la amenaza del mal, el Señor está siempre con nosotros, siempre a nuestro favor. “Yo soy”: este es el Nombre Santísimo que Dios entregó a Moisés desde la zarza ardiente, revelando su inquebrantable fidelidad. Hecho hombre, Él se convierte para nosotros en el Emmanuel, fuente de gracia y perdón, de salvación y de vida nueva. Queridos hermanos, no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria.

Y volvemos a donde comenzábamos nuestras reflexiones, las Canarias, en cuyas islas el Papa anunció ese amor de Dios a aquellos hermanos nuestros migrantes que se ven obligados –muchas veces engañados– a dejar sus familias y naciones: «quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar». Y a las mujeres víctimas de la trata les decía: «Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija, hermana, eres bendición. Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte».

De nuevo, con una fuerte llamada a la conversión de «quienes se aprovechan de la desesperación, organizan rutas de muerte, trafican con personas»: «Deténganse. Conviértanse. […] Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina». Y con una pregunta también para los cristianos: «si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre, la violencia, después del desierto, de la noche y del mar».

Así el Papa cerraba el círculo que une la fe orante con la caridad fraterna al celebrar «la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que es para los cristianos el amor misericordioso e infinito de Dios por cada ser humano. En este marco, es providencial que podamos encontrarnos, vernos y sobre todo saber que, más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad». Por ello, «nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso». Sin olvidar que para el católico la integración del migrante no debe quedar «reducida a una tarea social, por necesaria que sea. […] Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres».

En definitiva: «Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos», recordando que «todos —de algún modo— somos migrantes, todos somos peregrinos en camino a la patria celestial».

 Una semana inolvidable siguiendo al Santo Padre, siempre sonriente, frecuentemente emocionado, con infinidad de gestos conmovedores –con bebés, niños, jóvenes, enfermos, presos, migrantes…–, que se entendían mejor desde su mirada contemplativa a Jesús sacramentado, al que llevó personalmente en la custodia durante la procesión del Corpus. Verdaderamente, tenemos motivos para pensar que el Corazón de Cristo se ha dirigido a muchos corazones humanos a través del corazón contemplativo y fraternal del Papa León XIV.

Un viaje en el que se despidió públicamente de España con estas bellas palabras:

Desde este puerto, que lleva el nombre de la Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero y a sus heridas, que hacen sufrir a pueblos enteros. A todos quisiera repetirles el lema de este viaje: «¡Alzad la mirada!». Sí, dirijamos la mirada a Cristo Crucificado; su Corazón es la fuente de la misericordia, la única que puede salvar a la humanidad necesitada de perdón y de reconciliación para alcanzar una paz verdadera y duradera. ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!

En Radio María seguiremos haciendo lo posible por responder a estos mensajes del Papa. ¡Gracias, Santo Padre!

Con mi bendición,

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