La bondad tiene un poder enorme: puede curar las relaciones.
Una palabra dicha con calma puede apagar una discusión. Un gesto de humildad puede abrir un camino nuevo, una mirada afable puede pacificar el ambiente, un rostro sereno puede llevar luz ahí donde hay oscuridad y tensión.
Jesús miraba así a las personas. Incluso cuando encontraba el pecado, miraba primero el corazón.