En las pocas horas que está crucificado junto a Jesús, el buen ladrón recorre un itinerario que le ha conducido a la fe: ha pasado de ver a Jesús como una persona totalmente inocente y digna de suplicar su intercesión ante el juicio de Dios, a reconocerle como el verdadero Mesías, el verdadero Rey que podrá salvarle en ese reino que no es de este mundo. Del mismo modo, el centurión al ver expirar a Jesús, glorifica a Dios y afirma que era “justo”.
Jesús es obligado a llevar el “patibulum” (palo horizontal de la cruz) colgado a sus hombros; debido al estado en el que se encuentra, sobre todo por la terrible flagelación que había padecido, los soldados fuerzan a Simón de Cirene, que venía del campo, a que lleve este madero al lugar del suplicio. En el trayecto al Gólgota, Jesús se encuentra con algunas mujeres de Jerusalén, que lloran y se compadecen de él.
Contrapuesta a esta actitud encontramos las mofas de los soldados, así como las burlas de los dirigentes judíos, que lo tachan de falso Mesías.
En el interrogatorio llevado a cabo por el Sanedrín, Jesús es condenado por afirmar que él es el Hijo de Dios. Él sabía que al afirmar esto tendría graves consecuencias. Pero él había venido para cumplir la obra encomendada por su Padre y mostraba así su determinación de llevarla a cabo. La reacción del Sanedrín fue inmediata. Lo interpreta como una blasfemia y la condena a muerte es unánime. Es llevado ante Pilato, y aunque éste no aprecia peligro alguno, se deja llevar por las coacciones de las autoridades judías y condena a Jesús a morir en la cruz.
Después de la cena pascual donde Jesús ha instituido la Eucaristía, el evangelista nos presenta lo acontecido en Getsemaní, donde Jesús dice “sí” al Padre y acepta voluntariamente los sufrimientos de su pasión y de su muerte en la cruz para redimir a la humanidad y, a la vez, muestra a sus discípulos la fuerza de la oración. Las negaciones de Pedro y los ultrajes que recibe de parte de la guardia del sumo sacerdote preparan los acontecimientos que van a ocurrir en el Sanedrín y en el pretorio.
Jesús envía a dos de sus discípulos a preparar la cena de Pascua, en la que les va a anticipar su entrega, que ocurrirá al día siguiente con su muerte en el madero de la cruz. Con la institución de la Eucaristía, Jesús les deja a los suyos el memorial de su pasión. Su entrega acontecerá según el designio salvador del Padre, que redimirá con ella a todos los hombres.
Jesús advierte a sus discípulos que no caigan en las mismas actitudes de los escribas o doctores de la Ley, sino que su vida se caracterice por la sencillez, la humildad y la generosidad, las mismas actitudes que manifestó la viuda pobre ante el arca de las ofrendas y que Jesús alaba ante la mirada atenta de sus discípulos.
Las cuestiones que le plantearon a Jesús podían comprometerlo hasta el
punto de ser acusado ante las autoridades. Acerca del pago del tributo al
César, el mismo Jesús reclama, sin negarlo, los deberes que también
tiene el hombre con Dios; ante los saduceos, que niegan la resurrección,
el mismo Jesús afirma rotundamente la resurrección como una verdad
que brota de la misma Escritura revelada por Dios.
Las autoridades religiosas reaccionan inmediatamente al gesto realizado por Jesús en el Templo de Jerusalén y lo hacen tendiéndole trampas con la intención de cazarlo y poder acusarlo. Pero Jesús sale airoso de todas ellas y aquellos que querían atraparle planteándole cuestiones muy delicadas, acabaron ellos siendo atrapados por las respuestas que les dio el mismo Jesús.
Lo ocurrido con Zaqueo ha atraído la atención de la gente y Jesús
aprovecha la ocasión para contar una parábola a propósito de la venida del Reino de Dios. Con la “parábola de las minas” invita una vez más a responder a la llamada de Dios y a acoger con responsabilidad la salvación que se ofrece. La ciudad de Jerusalén no ha aceptado a aquel que viene en nombre del Señor y su rechazo determinará un futuro desolador, como señala Jesús con sus palabras dichas entre lágrimas.
Ante el tercer anuncio que hace Jesús de su sufrimiento y muerte cruenta, y su posterior resurrección, el evangelista presenta al ciego de Jericó como prototipo de creyente, queriendo enfatizar la necesidad absoluta y apremiante de abrir los ojos y contemplar con mirada de fe cuanto va a acontecerle a Jesús: la culminación de su misión redentora. Acojamos como Zaqueo la salvación que nos trae Jesús, quien desea que entremos en su proyecto salvador dándolo a conocer a los demás.
La oración aparece en toda su grandeza cuando brota de la gratuidad, la humildad y el arrepentimiento sincero. Es la actitud que Jesús observa y alaba en el publicano, que se dirige a Dios con toda su realidad. Por el contrario, censura la actitud del fariseo que se pasa la vida gloriándose de sí mismo y viviendo fuera de la verdad. Y es que participa del Reino de Dios quien es capaz de ser como un niño, modelo de sencillez, humildad y dependencia, y supera el apego excesivo a las riquezas de este mundo, como afirma el mismo Jesús.
La fe se expresa en el agradecimiento y en la confianza que se traduce en fidelidad. Así lo manifiesta Jesús en estos dos relatos: en la curación de los diez leprosos, se subraya la actitud de uno, que es samaritano y que, sintiéndose sanado, vuelve dando gracias porque es consciente del don inmerecido que le ha sido otorgado; en la parábola del juez inicuo y la viuda insistente se nos invita a seguir confiando y creyendo, aunque lo que se pide o se espera tarda en llegar.
Con la parábola de “Lázaro y del rico epulón”, Jesús muestra la importancia decisiva que va a tener la actitud que se tome ante los bienes materiales; utilizarlos para gloria de Dios y bien de los demás llevará a gozar de los bienes eternos; caso contrario si se usan exclusivamente de manera egoísta. La fe que le piden los discípulos a Jesús que les aumente posibilita vivir de manera correcta ante Dios y ante los demás, actuando siempre bajo la guía del amor.
Con las “parábolas de la misericordia”, Jesús ha mostrado el proceder de Dios: actúa siempre con misericordia y compasión. Si Dios siempre ofrece al hombre su salvación, la respuesta de éste es imprescindible para que acontezca. Con la
parábola del “administrador infiel y astuto”, Jesús quiere subrayar la responsabilidad humana en obtenerla, ya que una vida “guiada” por Dios buscando siempre los bienes definitivos es el camino que conduce a ella.
Las “parábolas de la misericordia” son la respuesta de Jesús a la
acusación que le hacen los escribas y los fariseos de que acoge a los pecadores y come con ellos. Con estos relatos, Jesús quiere justificar su modo de proceder en el que muestra la misericordia y el perdón de Dios. Lo que une a estas parábolas es la alegría por haber encontrad aquello que se consideraba perdido. Es la alegría de Dios cuando un pecador se arrepiente.