En esta segunda parte del tema de la cultura del sábado y el domingo que abordamos ahora como continuación de la inmediata anterior, hablaremos específicamente del domingo, en este caso del domingo cristiano, del día del Señor, inaugurado como tal con su gloriosa Resurrección, causa y fundamento de nuestra fe en Él y en su sagrada doctrina.
¿Qué significación tiene el sábado para los judíos? ¿Qué sentido tiene el domingo para los cristianos? ¿Hay algún tipo de relación entre uno y otro? ¿Aceptó la Iglesia fundada por Cristo la semana de los judíos, sustituyendo su sábado por el domingo como una institución totalmente nueva?
Comenzamos por considerar de dónde proviene el sábado.
Hoy es la víspera de la fiesta de la Epifanía, que los cristianos identificamos festivamente con la conmemoración de la Adoración de los Reyes Magos al Niño Jesús, nuestro Señor y Dios. Litúrgicamente, una ocasión para los cristianos de adorar al Niño Jesús. Profanamente, para el mundo infantil, una noche de ilusión en la que los Reyes Magos, en su anual paso hacia Belén para ofrecer sus presentes al Niño divino, dejan también algunos regalos al resto de los niños. De todo ello nos habla en este programa Juan José Díaz Franco.
Tal y como proponíamos en el anterior programa de “Cultura para la fe” hablaremos del término “signo de los tiempos” que, como expresión genérica es recogida en muchos documentos del Magisterio de la Iglesia con ocasión del Concilio Vaticano II.
Seguimos hablando del Concilio Vaticano II y sus aspectos culturales. A día de hoy, y ya transcurridos casi tres cuartos del siglo XXI, el recuerdo y las enseñanzas de este Concilio debiera constituir nuestra más inmediata y mejor referencia actualizada de la fe de la Iglesia Católica, es decir universal, esta fe que contiene las aportaciones dogmáticas y pastorales contenidas en el credo de los Apóstoles que practicamos los fieles católicos. Por eso ¡cómo no interesarnos por este Concilio, que recuerda y resume las esencias de la cultura de la fe que nos salva!
Después de haber comentado, desde el punto de vista de la cultura para la fe, los tres primeros de los cuatro grandes Decretos del Concilio Vaticano II, a saber, las dos Constituciones Dogmáticas sobre la Iglesia y la Sagrada Revelación y la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, corresponde ahora hacerlo con el cuarto de estos grandes Decretos, la Constitución “Gaudium et Spes” (“Los gozos y las esperanzas”) sobre la iglesia en el mundo de hoy.
En el anterior programa de “Cultura para la fe”, tratábamos del
Concilio Vaticano II de San Juan XXIII. Hoy hablaremos del
Concilio Vaticano II de San Pablo VI.
Seguimos hablando sobre el Concilio Vaticano II, en el que conviene recalar con más frecuencia. La doctrina conciliar emanada del Vaticano II es el máximo exponente del ideario de la fe católica. La magna reunión de todos los Obispos del orbe católico representantes del mensaje difundido hasta los más remotos lugares del mundo conocido por mandato expreso de Jesús, actualiza y dicta la vigencia del testimonio apostólico después de la Resurrección y Ascensión del Señor.
Trata de un tema referido a uno de los más solemnes exponentes de la actividad dogmática de la Iglesia, como lo es el concerniente a los Concilios Ecuménicos y, más en concreto, al Concilio Vaticano II, que representa muy especialmente esa cultura para la fe que Juan José Díaz Franco pretende transmitir en cada sesión de este programa, con el que cree acercarse al mandato de Jesús sobre el amor al prójimo a través de la Iglesia, la institución salvadora que, providencialmente, encomendó a sus Apóstoles y a la que humilde y fervorosamente nos acogemos sus seguidores.
Juan José Díaz Franco trata, en este capítulo del programa, sobre el clericalismo y el anticlericalismo.
El diccionario de la RAE define el término “clericalismo” como toda cualidad o actitud del estado clerical pero, sobre todo, aquellas que determinan la influencia excesiva del clero en los asuntos políticos, lo que equivale a señalar la intervención excesiva de la Iglesia en la política de un Estado.
Sensu contrario, el anticlericalismo consistiría en la oposición a la influencia del clero, en la enemistad hacia el clero, en la resistencia, más o menos matizada, a la influencia del mismo, en la negativa a la intervención del clero en la política y, por extensión, la actitud irreligiosa o antirreligiosa, tanto si cuenta con alguna razonable justificación como si es abiertamente prejuiciosa , contra la misma Institución eclesiástica o contra el clero que la integra y representa, cuyos principios, valores y práctica se consideran decepcionantes, escandalizadores o inútiles.
Jesús vivió entre la gente de su tiempo, igualado en todo a sus contemporáneos, menos en el pecado. En consecuencia, nada de lo humano le fue ajeno: ni el amor, ni el dolor, ni el cansancio, ni el sueño, ni el comer, ni el beber, ni la decepción, ni el enfado, ni la paciencia, ni la misericordia, ni la risa, ni las lágrimas fueron extraños al obrar humano de Jesús durante su permanencia entre nosotros. Lo ratifican los textos evangélicos con una gran riqueza de matices y una gratificante versatilidad de situaciones y de conductas. Hablamos del llanto de Jesús.
Según Juan José Díaz Franco, no podemos dejar de reconocer la presencia de intensos movimientos pasionales en el carácter de Jesús diseminados por los Evangelios y que dejan ver, tanto su ternura o su compasión, como su indignación o su llanto. Era verdadero Dios, pero también verdadero hombre. De su humanidad y de sus sentimientos nos queda el recuerdo de muchos pasajes. Este programa se centra en el sentido del humor de Jesús.
Juan José Díaz Franco reflexiona sobre una cuestión esencial, como es la de la unidad, siempre apremiante a todos los niveles, y más apremiante aún en lo religioso y en lo político, aunque nunca apremiada con toda la intensidad y los recursos a nuestro alcance.